

Durante estos días indescriptibles, estoy leyendo un libro titulado Elogio de la quietud (1), de Pedro Cuartango.
Me gusta.
Una obra que no es más (ni menos) que una colección de artículos de lo más variopinto, que además no guardan relación los unos con los otros. Sin embargo, me ha ocurrido algo curioso. Conforme avanzo en sus páginas, una fuerza invisible me hace regresar varias veces al destello de su segundo artículo, a penas en la página 29, titulado Pretérito Imperfecto.
Como digo, conforme avanzo, retrocedo.
Me complace ver como Cuartango subraya con su voz de narrador curtido ciertos conceptos sobre el tiempo y la forma de interpretarlo. Me asombra ver como confiesa vivir «como si las horas fueran inagotables». Un pecado que intuyo cometemos muchos.
De manera parecida, incide en que los humanos «vemos el tiempo condensado en un instante (…) y justo cuando empezamos a ser conscientes, ese momento ya ha pasado y estamos en el futuro. Y todo vuelve a ser pretérito imperfecto». Como últimas consideraciones, los ojos se me van a dos frases que yo mismo he subrayado: «ni siquiera es seguro que exista el tiempo» y «estamos atrapados en una red de instantes».
Y así, con esta calma que da el café imaginario antes de que salga el sol sobre la terraza de una cafetería que todavía no ha abierto, vuelco en mi cuaderno estas cavilaciones que en principio eran solo para mí, pero que ahora comparto con ustedes con sumo placer.
Jorge Chillón
(1)Editorial Círculo de Tiza